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Enfermedad de Alzheimer

Enfermedades y tratamientos
La enfermedad de Alzheimer es el tipo más frecuente de demencia.
El envejecimiento no causa la enfermedad de Alzheimer, aunque esta enfermedad es más frecuente en la población anciana.
El diagnóstico precoz es la clave para una mejor evolución.
Existen tratamientos farmacológicos y no farmacológicos (actividades, programas de intervención) que mejoran los síntomas y la evolución, pero no curan la enfermedad.
Es fundamental que las actividades se centren en las capacidades que el paciente mantiene y no en los déficits.
El objetivo de todos los tratamientos es mejorar la calidad de vida del paciente y mantener su autonomía el mayor tiempo posible. En todas las fases de la enfermedad podemos «hacer algo».

La enfermedad de Alzheimer es la causa más común de demencia. En ésta y otras enfermedades del cerebro llamadas “neurodegenerativas” se produce una muerte progresiva, continua, de las neuronas (células cerebrales). Este hecho no sucede en el envejecimiento normal. En la enfermedad de Alzheimer la muerte neuronal se inicia en las regiones del cerebro que se encargan de la memoria (hipocampo), por ello el primer síntoma que podemos observar es la aparición de despistes y fallos memoria centrados en hechos recientes. A medida que la muerte de las neuronas se extiende a otras regiones cerebrales, aparecen nuevos síntomas como perderse en la calle, errores en el manejo del dinero o la medicación, etc.

En general afecta a personas mayores de 65 años, aunque también la podemos encontrar en personas más jóvenes.

Causas

Los mecanismos a través de los cuales se produce la muerte neuronal en la enfermedad de Alzheimer son complejos y en parte desconocidos, por ello todavía no se ha encontrado un tratamiento que cure la enfermedad. Sabemos que se produce un acúmulo anormal de proteínas, principalmente de beta-amiloide y tau. Estos acúmulos de proteínas se depositan en el cerebro y resultan dañinos, tóxicos para las neuronas, que finalmente acaban muriendo. Progresivamente se produce una diseminación de la enfermedad y, en función de las áreas del cerebro en las que se vayan acumulando las proteínas, aparecerán distintos síntomas.

Hay diferentes factores que pueden contribuir a la aparición de la enfermedad, aunque no sean su causa directa. Son los llamados “factores de riesgo”:

  • Edad avanzada.
  • Factores de riesgo cardiovascular (hipertensión arterial, dislipemia, diabetes, obesidad).
  • Traumatismos craneales (golpes fuertes en la cabeza).
  • Haber tenido un ictus.
  • Sexo femenino.
  • Componente genético, puede influir en la aparición de la misma. Existen pocos casos en los que la enfermedad es hereditaria.

Los factores de riesgo cardiovascular (hipertensión arterial, dislipemia, diabetes, obesidad) son factores modificables, es decir, factores sobre los que podemos actuar. Si los tratamos adecuadamente disminuimos el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas y de enfermedades cardiovasculares (infarto cardiaco, “falta de riego” en un brazo o una pierna, úlceras…).

Síntomas

El síntoma inicial más frecuente es la alteración de la memoria, que suele manifestarse con la aparición de despistes y olvidos de sucesos o conversaciones recientes. En consecuencia, los pacientes pueden mostrarse repetitivos (preguntan lo mismo continuamente porque no recuerdan la respuesta), pierden sus pertenencias, se encuentran desorientados u olvidan el nombre de objetos y personas.

Conforme avanza la enfermedad, suelen afectarse otras funciones cognitivas (funciones cerebrales) como las llamadas “funciones ejecutivas” y las capacidades “visuoespaciales”, lo que genera dificultades para realizar razonamientos, tomar decisiones o planificar actividades. Además, se producen alteraciones en el lenguaje con dificultad para seguir conversaciones, encontrar palabras o comprender lo que se habla.

Entre el 60 y el 98% de los pacientes con demencia, a lo largo de la enfermedad, desarrollan alguna alteración conducta. Llamamos alteración de conducta, problema de conducta o conducta disruptiva a los cambios de comportamiento que experimentan los pacientes como consecuencia de la enfermedad. Estos síntomas a menudo impiden o dificultan de manera importante el mantenimiento del bienestar del paciente, su cuidado y la convivencia. La fase de la enfermedad, la personalidad previa, la relación con los cuidadores, la rutina… condiciona su modo de presentación. Son síntomas frecuentes:

  • Irritabilidad: enfados desproporcionados sin causa aparente o por circunstancias a las que la persona nunca había dado importancia.
  • Ansiedad, nerviosismo.
  • Inquietud: desasosiego, desazón. A veces esta inquietud se traduce en una necesidad de continuo movimiento (tocar todo, cambiar cosas de sitio…) sin una clara finalidad.
  • Cambios de humor, apatía (no querer hacer nada).
  • Ideas delirantes: por ejemplo, creer que les roban o les quieren hacer daño sin una base de realidad.
  • Oposicionismo a los cuidados: rechazo de la ducha, al cambio de ropa…

A nivel funcional (capacidad para realizar las actividades del día a día) la enfermedad resulta devastadora. Inicialmente aparecen fallos en tareas complejas como por ejemplo llevar las cuentas de la comunidad de vecinos o conducir. Posteriormente la persona comienza a cometer errores en tareas domésticas (cocinar, pago de recibos, realización de compras, control de la medicación, empleo de transporte público…). Finalmente aparece la dificultad en el desempeño de tareas del autocuidado (errores en elección de ropa adecuada a la estación del año, en el vestido, el peinado, el aseo…).

La pérdida de autonomía es progresiva, de manera que en unas fases de la enfermedad la persona sólo necesitará cierta supervisión, en otras necesitará ayuda leve, y finalmente gran ayuda. Es importante ajustarse al grado de ayuda que la persona necesita en cada momento, lo cual implica permitir que el paciente haga las tareas que realmente puede hacer, sin suplirle. El objetivo es por una parte, prevenir una discapacidad temprana (antes de lo que “correspondería por la enfermedad”), y por otra mejorar su bienestar y autoestima, previniendo sentimientos de inutilidad o minusvalía.

La discapacidad (pérdida de autonomía) y las alteraciones de conducta generan gran sufrimiento en el paciente, así como una intensa sobrecarga en el entorno familiar y los cuidadores, que también es necesario abordar.

¿Por qué se producen las alteraciones de conducta?

Son muchos los factores y situaciones que pueden propiciar los trastornos de conducta. Algunos de las más frecuentes son:

  • Enfado, temor o frustración por la pérdida de capacidad. En las fases iniciales los pacientes con demencia perciben que pierden memoria, que ya “no son como antes” y que no pueden realizar sus tareas de la misma manera. Esto genera gran angustia, miedo al futuro…
  • La incapacidad para canalizar la energía de forma útil y la falta de ocupación (aburrimiento) puede ocasionar en el paciente frustración, irritabilidad e inquietud. Todos necesitamos llenar el tiempo de nuestra vida, hacer actividades, sentirnos útiles, conectados… tengamos demencia o no. Por ello es importante programar rutinas y actividades significativas para el paciente, adaptadas a las capacidades preservadas en cada fase de la enfermedad.
  • Incapacidad para comprender los que se le dice, interpretar de forma incorrecta lo que se les pide (pueden creer que es algo malo para ellos…).
  • Sentirse molesto y no poder expresarlo (por ejemplo molestias derivadas del estreñimiento o una infección de orina).
  • Sentirse obligado, perder el control de sus vidas. A veces una persona, en un momento puntual, no desea hacer una actividad, y acepta colaborar si se la proponernos un poco más tarde.
  • La dificultad para expresar una necesidad puede ser muy frustrante, sobre todo en personas con demencia que tienen una gran afectación del lenguaje (saben lo que quieren decir, pero no lo pueden decir).
  • Un ambiente disruptivo, ruidoso o con mucha gente puede genera inquietud en la persona con demencia ya que no comprende lo que pasa a su alrededor. Por ejemplo en una reunión familiar, donde muchas personas hablan a la vez, la persona con demencia se puede poner nerviosa o inquieta al no ser capaz de seguir la conversación.
  • Las restricciones físicas o ambientales. En ocasiones es necesario aplicar estas restricciones (cinturón nocturno…) valorando adecuadamente la relación riesgo/beneficio, siempre que sean indicadas por un profesional.
  • Cansancio o enfado del cuidador. Cuidar a una persona con enfermedad de Alzheimer es muy duro, costoso y doloroso, especialmente si se trata de un ser querido. Es normal que el cuidador también se sienta frustrado o cansado, de ahí la importancia de “cuidar al cuidador”. El paciente percibe el cansancio o el malestar del cuidador, no comprende sus emociones, y da respuestas poco congruentes con la situación.
  • Presencia de un problema psiquiátrico (depresión, ansiedad…). Puede aparecer por primera vez en el seno de la demencia, o que el paciente tuviese un problema mental (trastorno bipolar, trastorno de ideas delirantes, episodio depresivo…) previo a la demencia.

Para más información pincha aquí

Consecuencias

La enfermedad de Alzheimer, al igual que el resto de las demencias, acaba generando una discapacidad severa (pérdida completa de autonomía).

Otra consecuencia de la enfermedad es la aparición de la dificultad para tragar (disfagia) que ocasiona desnutrición, atragantamientos e infecciones respiratorias de repetición. Existen medidas compensatorias, sencillas, para facilitar la alimentación de personas con disfagia.

El grado de discapacidad y la mayor o menor rapidez con la que se produce, depende de diferentes factores. Podemos retrasar la discapacidad actuando sobre algunos de ellos:

  • Fármacos. Existen medicinas para diferentes problemas (incontinencia urinaria, enfermedades cardiológicas…) que pueden agravar los déficits cognitivos y provocar alteraciones de memoria o estados de confusión. Lo mismo sucede con los “fármacos tranquilizantes”, que pueden ocasionar alteraciones de la marcha, caídas, mayores dificultades en el autocuidado… o empeoramiento de los síntomas cognitivos. De ahí la importancia de seleccionar qué fármacos son adecuados para cada persona.
  • Actividades. Cuantas más actividades realice el paciente por sí mismo (con supervisión o ayuda si lo necesita), más tiempo tardará la persona en perder la habilidad para desarrollarlas. En fases avanzadas de la enfermedad, las personas con demencia necesitan realizar actividades que trabajen las capacidades que todavía poseen de manera estructurada. Esto se lleva a cabo en lugares como los centros de día.
  • Movilidad. Estimular la marcha y realizar ejercicio físico adaptado a las capacidades del paciente, es clave en la calidad de vida de los pacientes y sus cuidadores. La falta de movilidad genera muchas complicaciones físicas (úlceras, rigidez articular, incontinencia…) y es una de las principales causas de sobrecarga de cuidados en la familia. Una persona con enfermedad de Alzheimer no tiene por qué dejar de caminar.
  • Caídas. Es importante realizar actividades de prevención de caídas (ajuste de productos de apoyo, ejercicio físico, ajuste de medicinas…), tanto en pacientes que han tenido caídas como en los no caedores. Las caídas son fuente de discapacidad temprana en pacientes con y sin demencia.
  • Otras enfermedades: artrosis, fracturas óseas, insuficiencia cardiaca, insuficiencia renal, asma/EPOC, ingresos hospitalarios… pueden empeorar la situación de personas con enfermedad de Alzheimer, especialmente cuando aparece el llamado “síndrome confusional”.
  • Déficits sensoriales (vista, oído). Si no se corrigen adecuadamente, pueden empeorar la evolución de la persona con demencia. A la falta de comprensión del entorno que genera la propia enfermedad, se añade no escuchar o no ver (se aíslan, se asustan…), aumentando los errores de interpretación. Además dificultan la necesaria estimulación de capacidades cognitivas. Por ello es muy importante disponer de audífonos y gafas bien adaptados.
  • Entorno. Una casa bien adaptada (barras en los pasillos, elevador en el retrete…) puede facilitar que un paciente haga las actividades de manera autónoma (por ejemplo ir al retrete solo).
  • Etapa de la enfermedad. Si bien no podemos curar la enfermedad, podemos poner tratamientos farmacológicos y no farmacológicos que mejoren o “amortigüen” los síntomas en cada etapa.

Diagnóstico

La evaluación médica para el estudio de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias debe contener los siguientes apartados:

  • Historia clínica. Entrevista con el paciente, conocer cuáles son los síntomas que padece y su evolución. Asimismo, es fundamental disponer de la opinión de un familiar (o persona del entorno del paciente) para consensuar la información y conocer la repercusión de los síntomas en su vida cotidiana. Son igualmente importantes los datos sobre los rasgos de personalidad previa y sus posibles cambios. La historia clínica debe incluir la realización de una valoración geriátrica integral (VGI) ampliada, así como el estudio de las enfermedades previas del paciente, medicaciones que toma o ha tomado y la presencia de antecedentes familiares de demencia.
  • Exploración física y neurológica.
  • Análisis de sangre, para descartar otras causas de enfermedad que puedan ser potencialmente tratables y reversibles (déficit de vitaminas, alteración de función tiroidea etc.).
  • Estudio neuropsicológico: análisis de las distintas funciones cerebrales mediante la realización de test y pruebas específicas. Esta evaluación ayuda a diferenciar los distintos tipos de enfermedades neurodegenerativas. Además sirve para realizar recomendaciones individualizadas y un adecuado seguimiento de la evolución de la enfermedad.
  • Realización de prueba de imagen cerebral como la tomografía computarizada (TC) o la resonancia magnética (RM). Permiten descartar otras causas de enfermedad o analizar el patrón de atrofia cerebral estructural existente. Existen otras pruebas de imagen más complejas, como la tomografía por emisión de positrones (PET), en las que podemos observar un patrón típico de Alzheimer. Con ellas es posible detectar áreas del cerebro afectadas con un metabolismo reducido u objetivar el depósito cerebral de proteína amiloide.

En los últimos años, se están desarrollado biomarcadores de enfermedad (sustancias que se pueden medir en los fluidos cerebrales –líquido cefalorraquídeo-) que pueden servir de apoyo en el diagnóstico. Para ello se hace un análisis de líquido cefalorraquídeo que se obtiene mediante punción lumbar. Por último, se puede realizar un estudio genético en aquellos casos en los que se sospeche un origen genético de la enfermedad (personas muy jóvenes), aunque esta prueba no se recomienda rutinariamente.

Tratamiento

Actualmente no existen tratamientos que curen la enfermedad o que consigan evitar su aparición. Pese a ello, la detección temprana de los síntomas y la realización de un diagnóstico precoz puede ayudar a retrasar la discapacidad, experimentando una mejor evolución.

Disponemos de un grupo de fármacos denominados inhibidores de la acetilcolinesterasa (rivastigmina, donepezilo, galantamina), que han demostrado mejorar algunas de las funciones cognitivas durante un determinado tiempo. Los beneficios pueden ser moderados, de hecho no se aprecian en todos los pacientes, y la decisión de iniciar o no dichos tratamientos debe ser individualizada. Existe otro fármaco, memantina, que pertenece a la familia de los antagonistas no competitivos de los receptores NMDA (N-metil-D-aspartato), cuya función es similar a los fármacos descritos aunque se utiliza en fases más avanzadas.

En algunos centros se están realizando ensayos clínicos principalmente basados en técnicas de inmunoterapia para intentar frenar el progreso de la enfermedad. Por el momento, únicamente están disponibles en fase de investigación y todavía se requiere de tiempo y estudios para valorar su eficacia.

A lo largo de la evolución de la enfermedad se pueden emplear diferentes fármacos (antidepresivos, antiepilépticos, hipnóticos…) como tratamiento complementario en los trastornos de conducta, aunque la base de su abordaje es el manejo conductual y la realización de actividades estructuradas.

El tratamiento de los factores de riesgo cardiovascular mediante ejercicio físico, dieta mediterránea o la abstinencia alcohólica, puede mejorar la evolución de la enfermedad.

En la actualidad no se concibe un tratamiento farmacológico, sin un tratamiento “no farmacológico”.

Estos tratamientos “no farmacológicos” son aplicados por diferentes profesionales: neuropsicólogo, terapeuta ocupacional, fisioterapeuta, logopeda…

Existen múltiples terapias en las que se llevan a cabo programas de actividades estructuradas con fines terapéuticos. Su objetivo es conseguir la máxima independencia y calidad de vida de la persona mediante la ocupación, previniendo el deterioro funcional y las alteraciones de conducta.

  • Terapias funcionales: gerontogimnasia, psicomotricidad, rehabilitación funcional, entrenamiento en actividades básicas de la vida diaria…
  • Terapias cognitivas: estimulación y rehabilitación cognitiva, orientación a la realidad…
  • Terapias psicoafectivas: terapias de reminiscencias, musicoterapia…
  • Terapias socializadoras: ludoterapia, grupo de comunicación, actividades con música, arteterapia, jardín terapéutico…

También resulta imprescindible informar a las familias y cuidadores sobre la enfermedad, formar en abordaje funcional y estrategias de manejo conductual, así como orientar sobre los recursos sociales disponibles para prevenir su sobrecarga y mejorar el entorno familiar.

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